Concierto

THE GOOD COMPANY

[video-item url=»https://www.youtube.com/watch?v=88x7QLw5Amk» width=»400″ height=»250″][/video-item] THE GOOD COMPANY

Hablamos de «Walden Year», tercer disco de los grancanarios The Good Company, que ha visto la luz gracias al apoyo de doscientos seguidores que consiguieron reunir unos 4500 euros en apenas cuarenta días para hacer realidad la plasmación en el estudio de su mejor colección de canciones. Un trabajo inspirado por el libro de H. David Thoreau del mismo título, escrito hace más de un siglo y medio, en el que se narran las vivencias del autor durante su estancia en la cabaña del mismo nombre durante un año. Un retrato de la soledad amargo y esperanzador al mismo tiempo. Conceptualmente hablando, una gran idea. Musicalmente, un espléndido resultado.

Para registrar estas nuevas canciones, el alma mater del proyecto, Víctor Ordóñez, se metió en los estudios Reno, reformó la banda para dar más cabida a la experimentación y reclutó a músicos afines como Carlos Sosa, batería deFuel Fandango, Luca Petricca (León Benavente, Hola A Todo El Mundo) y Fernando Boix (Polock), entre otros encargados de acometer las nuevas texturas. Sorprende por encima de todas la que adquiere «Supreme grey» en su relectura orquestal a cargo de la Joven Orquesta de Gran Canaria, un ejemplo de riesgo y valentía grabado en elAuditorio Alfredo Kraus con amplio surtido de recursos acústicos. Ahí, en esa capacidad para reinventarse, radica uno de los encantos de esta banda, que también sabe transformar medios tiempos de ambientes casi susurrados en pequeñas piezas de orfebrería. Es el caso de «Shepherds», un tema profundamente melancólico, o «Selfisher», una joya de inmediato calado. La emoción se erige en uno de sus objetivos, el tocar la fibra de alguna manera y el intentar llegar a la raíz del sentimiento, y eso no es tan fácil de conseguir si no se dispone del material adecuado. Afortunadamente, y en esta ocasión mucho más que en las anteriores, The Good Company disponen del mismo.

Llegan al interior y atemperan ambientes sin aparente gran esfuerzo, como en la espléndida ‘La noche de enfrente’, otras veces se tornan reflexivos, como en «Aurora», y casi siempre convierten sus teóricas baladas en estampas de rock progresivo o melodías impenetrables, como sucede en «Delta» y «Pushing skies», respectivamente. Hacen sonar fácil lo que en realidad es bastante complicado, y de una mezcla imposible de africanismo, góspel, post-rock y folk tradicional extraen su razón de ser, como el sonido de esa trompa que preside algunos de los mejores momentos de este «Walden Year». Los pasos a seguir para disfrutar de su propuesta son igualmente sencillos: desprenderse de prejuicios, abortar cualquier intento de filiación pop e imaginarse cada canción en un enclave remoto y diferente, de la misma forma que ellos mismos hicieron con la serie de vídeos «Dearland on location», donde cada filmación se desarrollaba en un emplazamiento remoto e inidentificable. Lo que normalmente se conoce como gente inquieta y con ganas de hacerlo cada vez mejor. Al igual que los que los escuchamos, que nunca dejaremos de apreciar intentos tan loables y agradables para el oído como este.